domingo, 18 de enero de 2026

La montaña de la divinidad se ha elevado de nuevo en el horizonte.

¡Dios a la vista!

Hay que saber de qué Dios estamos hablando antes de que todos los rockeros se vuelvan místicos y a las adolescentes les dé por meterse en un convento

La portada del disco de Rosalia `Lux`y el cartel promocional de la película 'Los Domingos'.


En noviembre de 1926 Ortega y Gasset publicó un artículo titulado Dios a la vista, en el que decía que en la órbita de la tierra existen periodos de máxima aproximación al Sol y otros de máximo alejamiento. En su opinión sucede lo mismo en la órbita de la historia en que unas veces se levanta Dios como una montaña en el horizonte y otras la divinidad desaparece. Puede que ahora en medio de la convulsa navegación planetaria en que vivimos alguien desde la cofa del barco ha gritado: ¡Dios a la vista!. Resulta que el emperador ha dado una patada al tablero del parchís porque le pasa por ahí jugar a la oca y ante los clamores de guerra total, con todas las fichas del viejo orden internacional por los suelos, parece que se ha puesto de moda refugiarse en cierto misticismo como la última asa a la que agarrarse antes de caer en el vacío. La montaña de la divinidad se ha elevado de nuevo en el horizonte. Pero se trata de saber de qué Dios estamos hablando antes de que todos los rockeros se vuelvan místicos y a las adolescentes les dé por meterse en un convento, como recomendaba Hamlet a Ofelia, su novia. Zeus vive en el Olimpo y Jehová habita en la cumbre del Sinaí; pero, sin duda, al este del Edén existen dioses más mano, que te facilitarán las cosas si quieres ser un místico. No deja de ser una conquista del espíritu navegar ese dios azul que es el mar y asumir todos los sonidos que produce el silencio, el viento en las velas, el oleaje contra las amuras del barco y una canción griega de Nana Mouskouri o de George Moustaki que se lleva la brisa. Puede que la espiritualidad consista en alcanzar aquel valle de la Marina cuando los cerezos están en flor, o quedarse dormido en la hamaca bajo el sol de mediodía con las gafas caídas en la punta de la nariz y los versos de John Keats en el regazo, oír en sueños el grito de ¡Dios a la vista!, despertar y descubrir que ese dios es el camarero que trae el aperitivo, un queso de cabra acompañado con una copa de vino del Rin.

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viernes, 12 de diciembre de 2025

Suyas son algunas de las mejores canciones de amor de la música española reciente...

Robe Iniesta y el poder del arte

La conmoción producida por la inesperada muerte del fundador de Extremoduro ilustra la influencia de su música en la cultura española reciente

Robe Iniesta, líder de Extremoduro, en una foto de 2015. ... Claudio Alvarez


La muerte de Robe Iniesta, anunciada en la madrugada de ayer, produjo una de esas conmociones reservadas a los grandes iconos de la cultura popular. Sobre la salud del músico extremeño, de 63 años, no se conocían detalles que hicieran temer un desenlace abrupto. Después suspender las dos últimas fechas de su gira, en noviembre de 2024, por un tromboembolismo pulmonar, las noticias eran que se había recuperado. Incluso se habló de que retomaría esos recitales en algún momento de 2026 o 2027.

La sacudida del fallecimiento fue, por lo tanto, tremenda. Y transversal. Confirmando que la figura de Iniesta ha permeado en muchas capas de la sociedad y en las más diversas franjas de edad. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, fueron de los primeros en recordar al fundador de Extremoduro. El primer apuntó: “Despedimos a un poeta que nos enseñó a no rendirnos jamás”; el segundo, que “su voz marcó generaciones enteras y su música nos deja una huella imborrable”.

El camino de Iniesta fue largo y pedregoso: desde la más absoluta marginalidad a conquistar a todos los públicos con un lirismo malhablado lleno de referencias a la vez cultas y callejeras. Suyas son algunas de las mejores canciones de amor de la música española reciente. La escatología explícita, el sexo crudo y la jerga barriobajera conviven armoniosamente en sus discos con referencias a Pablo Neruda, Antonio Machado y Cicerón. Fue un creador indómito con una fe inquebrantable en el poder del arte.

Primero con Extremoduro —una máquina de componer himnos a la contra— y después con una carrera en solitario que cumplió en 2023 su capítulo más esplendoroso con el disco Se nos lleva el aire, Robe Iniesta pasó de ser un rockero underground a una suerte de humanista con voz aguardentosa y guitarra eléctrica, un camino poco usual en la música española. Sin hacer demasiadas concesiones a la industria y sin cambiar de peinado.

Su marca puede rastrearse en la literatura, el cine y, por supuesto, la música española de las últimas décadas. Y en decenas de miles de seguidores a los que ayer sacudió la pérdida inesperada de un poeta que escribió la parte más tierna y salvaje de la banda sonora de sus vidas.

Nos creemos libres... ¡pero no!

Son nuestros amos

La aparente capacidad de elección que tenemos es un espejismo semejante quizá al de las gallinas en el corral

Una persona protestaba el día 9 frente a los juzgados de la madrileña plaza de Castilla por las víctimas de las residencias 
durante la pandemia. ... Carlos Luján (Europa Press)


Nadie nos obliga a comprar en un supermercado concreto, ni a contratar un seguro determinado, ni a vivir en un edificio gestionado por tal o cual fondo buitre. Somos, en apariencia, individuos con capacidad de elección. Pero, si lo examinamos con calma, esa capacidad es un espejismo semejante al que quizá tengan las gallinas en el interior del corral.

Los grandes grupos empresariales —la distribución, la banca, la salud pública externalizada, la vivienda convertida en mero producto de mercado, las residencias de mayores gobernadas por colosos del dinero— fingen seducirnos, pero en realidad nos seleccionan como piezas de su engranaje industrial. La libertad que creemos ejercer es la última fase de un proceso en el que nos inscriben antes de nacer. Piénsenlo: algoritmos que anticipan nuestros gustos, empresas que moldean nuestros hábitos, instituciones que fijan los entornos en los que nos movemos, partidos políticos que actúan como correas de trasmisión de tales entramados.

El ejemplo más feroz tal vez sea el de las residencias de ancianos, convertidas en tuétano de un negocio global donde los residentes son meros activos financieros. De ahí que durante la pandemia de la covid murieran (solo en Madrid y abandonadas a su suerte) casi 8.000 personas mayores sin que nadie haya respondido por esta masacre todavía. La vida de una vieja o de un viejo institucionalizados no es más que una previsión de ingresos. Y si esto ocurre en el tramo final de la existencia, ¿por qué habría de ser distinto en las etapas anteriores? Los supermercados nos segmentan, las plataformas de entretenimiento nos perfilan, las aseguradoras nos calculan, los fondos inmobiliarios nos eligen o descartan como inquilinos garantizados. Cada uno de estos actores casi monopolísticos nos va colocando un collar invisible. Aunque no sintamos su tacto en la piel, podemos percibir, si prestamos atención, los tirones de la correa. Son nuestros amos.

viernes, 12 de septiembre de 2025

Hay mil razones para seguir vivo. Y no están en el Más Allá...

El óvalo dorado

Descubrir la perfección en las cosas sencillas puede demostrar a los más escépticos que merece la pena vivir



Hay gente que no se sabe suicidar como hay gente que no sabe freírse un huevo, a veces ni una cosa ni la otra. Es lo que le ocurre al individuo que desayuna dos mesas más allá de la mía, en un hotel de cuatro estrellas de Valencia. Los hoteles de cuatro estrellas pueden ser muy buenos o muy malos. Este es de los muy buenos. El hombre ha fracasado mucho friendo huevos. De ahí que observe con asombro el que le acaban de servir en el bufé, donde un cocinero con gorro de cocinero de película te fríe los huevos (por favor, no hagan chistes) al instante y al gusto. El suicida torpe casi no se atreve a introducir el pan en el coágulo de ámbar engastado en plata formado por la yema y la clara. Da pena quebrar la finísima película que es preciso atravesar para alcanzar el néctar, destrozando esta obra de orfebrería orgánica.

Finalmente, hunde en el coágulo de ámbar el biscote que enseguida se lleva a la boca como si estuviera comulgando. “Si supiera suicidarme”, piensa, “con la perfección de este huevo frito, me suicidaría ahora mismo, ahora mismo me volaría la cabeza”. El hombre ha llegado a la ciudad por razones de trabajo (de un trabajo que se ha inventado) con una muda, un pijama y una caja de ansiolíticos para suicidarse en el hotel, porque le parecía de mal gusto hacerlo en casa. Calcula que bastarán cincuenta pastillas de un miligramo. Ya lo intentó otra vez (solo él lo sabe), en este mismo establecimiento, y sigue vivo porque se quedó dormido a la altura de la pastilla séptima (se las tomaba despacio, tonteando: esta por mamá; esta, por papá, etc.). Durmió día y medio y al despertarse se sentía tan descansado, que se alegró un poco de no haberse sabido suicidar.

Ahora está acabando el huevo frito, tras el que se bebe el café dándole gracias a Dios por este regalo insuperable. Luego se dirige a su habitación para suicidarse, pero en el ascensor decide que primero aprenderá a freírse un huevo.

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Escritor y periodista (1946). Su obra, traducida a 25 idiomas, ha obtenido, entre otros, el Premio Nadal, el Planeta y el Nacional de Narrativa, además del Miguel Delibes de periodismo. Destacan sus novelas El desorden de tu nombre, El mundo o Que nadie duerma. Colaborador de diversos medios escritos y del programa A vivir, de la Cadena SER.