lunes, 12 de octubre de 2026

¿De quién recibirán las órdenes las armas inteligentes?

Apocalipsis de andar por casa

Se acerca el día en que las armas poseídas por la IA, carentes de ideología, lucharán entre ellas solo por el designio de destruirse por miedo a ser destruidas

Imagen diseñada por ordenador de un posible apocalipsis robótico. ... Bulgac (Getty Images)



Ignoro si el desarrollo de la inteligencia artificial acabará con la humanidad dentro de cuatro años, como pronostican los profetas del mal. Puede que no desaparezca físicamente del mapa, pero es probable que dentro de un corto plazo de tiempo, la humanidad mute en una especie distinta, más allá del carbono. Estamos todavía en la fase de las curiosidades que la IA nos proporciona, la alucinante rapidez a la hora de resolver el problema matemático más intrincado, el hecho de que pueda leer en un par de segundos todo lo que se ha escrito desde Sócrates. Primero fue la curiosidad, después el asombro, luego el vértigo, pero todo va a cambiar en cuanto tengamos conciencia de que la IA conoce los secretos más íntimos de nuestro cerebro y tiene la capacidad de condenarnos a ser sus esclavos. Entonces se instalará entre los humanos la culpa colectiva de haber deseado ser como dioses, según la promesa que hizo a Eva la serpiente al pie del árbol del paraíso. Se acerca el día en que las armas poseídas por la IA, carentes de ideología, lucharán entre ellas solo por el designio de destruirse por miedo a ser destruidas, como hasta ahora han hecho los humanos. ¿De quién recibirán las órdenes las armas inteligentes? ¿Quién mandará en las retaguardias? En las guerras la gente se mata por miedo a que la maten. Lo mismo sucederá en los arsenales. Cinco años fían los científicos para que este tipo de humanidad desparezca, en la que si vas al mercado las frutas serán todavía de verdad, los melones, los higos y los albaricoques; si un enamorado en la cama alarga la mano se encontrará con un cuerpo deseado de carne y hueso al que ama y reconoce por el tacto; si ves los telediarios comprobarás que los políticos idiotas de siempre no han mejorado y que nuestro destino está en manos de unos líderes mundiales que pugnan por parecerse al mono. Con suerte disponemos de un tiempo para degustar los placeres analógicos antes de convertirnos en esclavos.

domingo, 27 de septiembre de 2026

¿Acostarse temprano no constituye acaso un intento de suicidio? Un simulacro al menos.

Intento de suicidio

Los niños retrasan cuanto pueden el momento de irse a la cama porque saben a lo que se exponen. Nosotros lo hemos olvidado

Larry Rapp, como Fat Moe, y Robert de Niro (de espaldas), como Noodles, en 'Érase una vez en América' (Sergio Leone, 1984).



“Durante mucho tiempo me acosté temprano”. Tales son las primeras palabras del primer tomo de A la busca del tiempo perdido, la obra monumental de Proust, en las que uno permanece apresado debido a la discrepancia feroz entre su sencillez aparente y su complejidad real. La frase está atiborrada de tiempo. “Durante” se refiere a un período. “Mucho” lo dilata. “Tiempo” lo nombra. “Temprano” nos remite a la hora. Hasta “acosté” está conjugado en pasado. Solo parece quedar fuera “me”, un pronombre de dos letras prendido en medio de ese artefacto temporal.

A veces cambio una sola palabra, la última: “Durante mucho tiempo me acosté tarde”. La frase se muere. Conocemos todos los tipos y subtipos de la gente que se acuesta tarde y la verdad es que nos dan lo mismo. “Temprano” abre una interrogación. En Érase una vez en América hay un momento en el que Noodles regresa a Nueva York tras treinta y cinco años de ausencia. Su viejo amigo Fat Moe le pregunta qué ha hecho durante todo ese tiempo. “Acostarme temprano”, responde. Es Proust, pero al revés. Proust emplea la frase para abrir la puerta de una vida que recorrerá a lo largo de miles de páginas. Noodles la utiliza para clausurar treinta y cinco años de golpe, como quien baja una persiana.

Llevo años dándoles vueltas a esas seis palabras. Te acuestas y desapareces. Abandonas los zapatos al pie de la cama, las gafas en la mesilla, y te metes entre las sábanas como el que se pone un sudario. Ni idea de adónde vas. Ni siquiera quién va. El que despierta por la mañana se hace cargo de las pertenencias del que se acostó, desayuna con su taza, responde por su nombre y continúa con sus asuntos como si nada hubiera ocurrido. Quizá por eso resulta inquietante acostarse temprano. Los niños retrasan cuanto pueden el momento de irse a la cama porque saben a lo que se exponen. Nosotros lo hemos olvidado. ¿Acostarse temprano no constituye acaso un intento de suicidio? Un simulacro al menos.


domingo, 20 de septiembre de 2026

El otoño llega para salvarnos ...

Otoño, al rescate

Sin darte cuenta será de noche y oirás la lluvia fina, persistente en los cristales

Hojas en un charco en otoño. ... Jens Kalaene (dpa/picture alliance via Getty Images)



Cuando hace años estaba de moda volver de las vacaciones con el rostro muy bronceado, los primeros días de septiembre los veraneantes se limitaban a lucirlo en las fiestas, en las terrazas, en las primeras reuniones con los amigos reencontrados. En aquel tiempo el sol no era todavía un enemigo declarado de nuestro cuerpo. El bronceado daba constancia de los días felices pasados en la costa bajo el sol del verano y según en qué playa se hubiera obtenido, marcaba un signo de distinción. El bronceado marbellí era a mi juicio demasiado torrefacto y no tenía la fineza del que procedía de la Costa Brava, Menorca, Santander o La Toja. Hacia mitad de septiembre la piel tomaba un tono verdoso y cuando ese color desagradable se instalaba por completo en los rostros podía decirse que el verano había terminado. Como los anteriores este también ha sido un verano apestoso, de una crueldad extrema con olas encadenadas de calor asfixiante. Las playas abarrotadas de carne humana puesta a asar y las sucesivas oleadas de las masas turísticas que invadían todos los espacios como en una huida ciega hacia ninguna parte producían una sensación apocalíptica. Por fortuna, el otoño suele venir al rescate. Después de los violentos aguaceros comienzan a alargarse las sombras, hay leña en los cobertizos, humean las chimeneas en los tejados, el mosto de la vendimia brota en los lagares y el humus fermentado ablanda nuestros pasos por el bosque en busca de setas. El otoño llega para salvarnos con los delicados matices de su luz de moscatel; los amarillos, rojos, morados, violetas que llenan el paisaje son los mismos que se posaron en la paleta de Klimt, de Van Gogh, de Monet, de Renoir cuyos colores se instalan como uno de sus cuadros en la ventana. Y sin darte cuenta ya es de noche y oyes la lluvia fina, persistente en los cristales, que dará paso a una mañanita de niebla dorada por un sol muy amable. Bandadas de garzas cruzan el cielo hacia el sur y en los valles suena la berrea de los ciervos.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

caí en la cuenta de la mala opinión que la IA tiene de nosotros. No sería raro en consecuencia que nos detestara. ¿Y qué se hace con aquello que se detesta? Ya veremos.

Una mala opinión

Acudí a una IA para averiguar si era capaz de distinguir un texto mío de otro de un robot y acabé preguntándome si no sería yo el robot

Un fotograma de la escena de la prueba Voight-Kampff en 'Blade Runner'. 
TCD/Prod.DB / Alamy Stock Photo (Alamy Stock Photo)



Me suscribí este verano a una inteligencia artificial que ofrecía, entre otras prestaciones, la de detectar textos realizados por ella misma. Para comprobar si funcionaba, le pasé algunos originales míos, sobre los que la máquina opinó en cuestión de segundos que estaban generados al 100% por una IA. Confundido ante el diagnóstico, le pregunté cómo podía errar de un modo tan impúdico. Y cobrar por ello. Respondió que mi escritura era demasiado limpia y coherente, y que estaba muy bien estructurada, además de otras virtudes que me reservo por pudor. De ahí la confusión. Me vino a la memoria entonces la prueba Voight-Kampff, de Blade Runner, en la que los sospechosos de ser replicantes eran sometidos a situaciones diseñadas para provocar respuestas de orden emocional. Entre tanto, una máquina observaba sus pupilas, su aliento, su sudoración, sus reacciones involuntarias, en fin. Lo espantoso del test era que el interrogado podía empezarlo convencido de su humanidad y terminar con dudas razonables acerca de su auténtica naturaleza.

Es un poco (o un mucho, no sé, aún no me he repuesto) lo que me sucedió a mí. Había acudido a la IA para averiguar si era capaz de distinguir un texto mío de otro generado por un robot y acabé preguntándome si no sería yo el robot. Aquellas cualidades que durante años había intentado adquirir (precisión, sentido, limpieza sintáctica, control sobre el ritmo y demás) se habían convertido de súbito en indicios de automatismo.

Solicité, pues, al robot que “humanizara” algunos de mis textos, ya que este era otro de los servicios de la aplicación de pago, y los dejó hechos una mierda al objeto de que parecieran haber salido de la cabeza de una persona como usted o como yo. ¡Qué manera de destrozarlos! Ahí es donde caí en la cuenta de la mala opinión que la IA tiene de nosotros. No sería raro en consecuencia que nos detestara. ¿Y qué se hace con aquello que se detesta? Ya veremos.