domingo, 1 de noviembre de 2026

A estas alturas de la vida uno ya tiene en el otro mundo a la mayoría de los que fueron sus mejores amigos...

Mis amigos muertos

Me divierte imaginarlos haciendo lo mismo que hacían en este lado

Un árbol de membrillo.... Geography Photos (Universal Images Group via Getty Images)



A estas alturas de la vida uno ya tiene en el otro mundo a la mayoría de los que fueron sus mejores amigos. A veces en estas tardes desoladas de otoño pronuncio sus nombres, uno a uno, mientras una melodía de jazz me trasporta a aquellos días felices que compartimos juntos. Imagino que ellos también la están oyendo y si aquí en el mundo de los vivos la tarde es lluviosa pienso que allí en el otro lado también estará lloviendo y algunos de mis amigos habrán ido a algún garito a jugar al póquer. Si la tarde es soleada puede que otros prefieran pasear por el bosque hasta que caiga la niebla. No importa que hayan muerto. Me divierte imaginarlos haciendo lo mismo que hacían en este lado. Algunos seguirán navegando a Ibiza en verano, otros soñarán con rodar nuevas películas, o celebrarán el éxito de su última novela, otros alargarán las sobremesas a la sombra de los pinos hablando de amores perdidos, de viajes, de bellos recuerdos del pasado. En el otro lado estas tardes de otoño olerán a leña de encina en las chimeneas de las casas habitadas por mis amigos muertos. Tal vez ellos quieran saber qué sucede aquí en la tierra. Habrá que decirles que una tragedia humana acaba de romper toda nuestra modernidad en pedazos. ¿Recordáis aquel antiguo glamur de viajar en el tren de alta velocidad? Otra vez ese sueño se ha convertido en un amasijo de hierros lleno de cadáveres. A esta tragedia hay que añadir la locura de unos adolescentes deslumbrados por la violencia que incendian las calles, rompen escaparates y saquean las tiendas de lujo, una orgía que aprovechan los políticos de uno y otro bando. En contrapartida, más allá del dolor por todos los muertos, he levantado el brazo hasta una rama del membrillero y he arrancado suavemente unos membrillos maduros y con la yema de los dedos he frotado su pelusilla que escondía debajo un color de miel, los he colocado en un frutero y he sentido que con este acto, por mi parte, el orden del mundo había sido restablecido.

lunes, 12 de octubre de 2026

¿De quién recibirán las órdenes las armas inteligentes?

Apocalipsis de andar por casa

Se acerca el día en que las armas poseídas por la IA, carentes de ideología, lucharán entre ellas solo por el designio de destruirse por miedo a ser destruidas

Imagen diseñada por ordenador de un posible apocalipsis robótico. ... Bulgac (Getty Images)



Ignoro si el desarrollo de la inteligencia artificial acabará con la humanidad dentro de cuatro años, como pronostican los profetas del mal. Puede que no desaparezca físicamente del mapa, pero es probable que dentro de un corto plazo de tiempo, la humanidad mute en una especie distinta, más allá del carbono. Estamos todavía en la fase de las curiosidades que la IA nos proporciona, la alucinante rapidez a la hora de resolver el problema matemático más intrincado, el hecho de que pueda leer en un par de segundos todo lo que se ha escrito desde Sócrates. Primero fue la curiosidad, después el asombro, luego el vértigo, pero todo va a cambiar en cuanto tengamos conciencia de que la IA conoce los secretos más íntimos de nuestro cerebro y tiene la capacidad de condenarnos a ser sus esclavos. Entonces se instalará entre los humanos la culpa colectiva de haber deseado ser como dioses, según la promesa que hizo a Eva la serpiente al pie del árbol del paraíso. Se acerca el día en que las armas poseídas por la IA, carentes de ideología, lucharán entre ellas solo por el designio de destruirse por miedo a ser destruidas, como hasta ahora han hecho los humanos. ¿De quién recibirán las órdenes las armas inteligentes? ¿Quién mandará en las retaguardias? En las guerras la gente se mata por miedo a que la maten. Lo mismo sucederá en los arsenales. Cinco años fían los científicos para que este tipo de humanidad desparezca, en la que si vas al mercado las frutas serán todavía de verdad, los melones, los higos y los albaricoques; si un enamorado en la cama alarga la mano se encontrará con un cuerpo deseado de carne y hueso al que ama y reconoce por el tacto; si ves los telediarios comprobarás que los políticos idiotas de siempre no han mejorado y que nuestro destino está en manos de unos líderes mundiales que pugnan por parecerse al mono. Con suerte disponemos de un tiempo para degustar los placeres analógicos antes de convertirnos en esclavos.

domingo, 27 de septiembre de 2026

¿Acostarse temprano no constituye acaso un intento de suicidio? Un simulacro al menos.

Intento de suicidio

Los niños retrasan cuanto pueden el momento de irse a la cama porque saben a lo que se exponen. Nosotros lo hemos olvidado

Larry Rapp, como Fat Moe, y Robert de Niro (de espaldas), como Noodles, en 'Érase una vez en América' (Sergio Leone, 1984).



“Durante mucho tiempo me acosté temprano”. Tales son las primeras palabras del primer tomo de A la busca del tiempo perdido, la obra monumental de Proust, en las que uno permanece apresado debido a la discrepancia feroz entre su sencillez aparente y su complejidad real. La frase está atiborrada de tiempo. “Durante” se refiere a un período. “Mucho” lo dilata. “Tiempo” lo nombra. “Temprano” nos remite a la hora. Hasta “acosté” está conjugado en pasado. Solo parece quedar fuera “me”, un pronombre de dos letras prendido en medio de ese artefacto temporal.

A veces cambio una sola palabra, la última: “Durante mucho tiempo me acosté tarde”. La frase se muere. Conocemos todos los tipos y subtipos de la gente que se acuesta tarde y la verdad es que nos dan lo mismo. “Temprano” abre una interrogación. En Érase una vez en América hay un momento en el que Noodles regresa a Nueva York tras treinta y cinco años de ausencia. Su viejo amigo Fat Moe le pregunta qué ha hecho durante todo ese tiempo. “Acostarme temprano”, responde. Es Proust, pero al revés. Proust emplea la frase para abrir la puerta de una vida que recorrerá a lo largo de miles de páginas. Noodles la utiliza para clausurar treinta y cinco años de golpe, como quien baja una persiana.

Llevo años dándoles vueltas a esas seis palabras. Te acuestas y desapareces. Abandonas los zapatos al pie de la cama, las gafas en la mesilla, y te metes entre las sábanas como el que se pone un sudario. Ni idea de adónde vas. Ni siquiera quién va. El que despierta por la mañana se hace cargo de las pertenencias del que se acostó, desayuna con su taza, responde por su nombre y continúa con sus asuntos como si nada hubiera ocurrido. Quizá por eso resulta inquietante acostarse temprano. Los niños retrasan cuanto pueden el momento de irse a la cama porque saben a lo que se exponen. Nosotros lo hemos olvidado. ¿Acostarse temprano no constituye acaso un intento de suicidio? Un simulacro al menos.


domingo, 20 de septiembre de 2026

El otoño llega para salvarnos ...

Otoño, al rescate

Sin darte cuenta será de noche y oirás la lluvia fina, persistente en los cristales

Hojas en un charco en otoño. ... Jens Kalaene (dpa/picture alliance via Getty Images)



Cuando hace años estaba de moda volver de las vacaciones con el rostro muy bronceado, los primeros días de septiembre los veraneantes se limitaban a lucirlo en las fiestas, en las terrazas, en las primeras reuniones con los amigos reencontrados. En aquel tiempo el sol no era todavía un enemigo declarado de nuestro cuerpo. El bronceado daba constancia de los días felices pasados en la costa bajo el sol del verano y según en qué playa se hubiera obtenido, marcaba un signo de distinción. El bronceado marbellí era a mi juicio demasiado torrefacto y no tenía la fineza del que procedía de la Costa Brava, Menorca, Santander o La Toja. Hacia mitad de septiembre la piel tomaba un tono verdoso y cuando ese color desagradable se instalaba por completo en los rostros podía decirse que el verano había terminado. Como los anteriores este también ha sido un verano apestoso, de una crueldad extrema con olas encadenadas de calor asfixiante. Las playas abarrotadas de carne humana puesta a asar y las sucesivas oleadas de las masas turísticas que invadían todos los espacios como en una huida ciega hacia ninguna parte producían una sensación apocalíptica. Por fortuna, el otoño suele venir al rescate. Después de los violentos aguaceros comienzan a alargarse las sombras, hay leña en los cobertizos, humean las chimeneas en los tejados, el mosto de la vendimia brota en los lagares y el humus fermentado ablanda nuestros pasos por el bosque en busca de setas. El otoño llega para salvarnos con los delicados matices de su luz de moscatel; los amarillos, rojos, morados, violetas que llenan el paisaje son los mismos que se posaron en la paleta de Klimt, de Van Gogh, de Monet, de Renoir cuyos colores se instalan como uno de sus cuadros en la ventana. Y sin darte cuenta ya es de noche y oyes la lluvia fina, persistente en los cristales, que dará paso a una mañanita de niebla dorada por un sol muy amable. Bandadas de garzas cruzan el cielo hacia el sur y en los valles suena la berrea de los ciervos.