Ganas de ser bueno
La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida, tal como la conocías, se acaba”. Así comienza El año del pensamiento mágico, el libro de memorias de Joan Didion sobre la muerte de su marido. Un segundo antes de que se moviera la tierra, en Venezuela, ¿qué hacía esta mujer? Quizá preparar una infusión. Un segundo antes, un dentista le pedía a su paciente que abriera más la boca. Una madre salía del dormitorio diciéndole a su bebé que volvía enseguida. Un camarero dejaba dos cafés sobre una mesa. Una joven se preparaba para salir de fiesta. Un piloto pedía permiso a la torre de control para despegar. Alguien buscaba las gafas que llevaba puestas…
De súbito, la tierra recordó que no es más que una costra quebradiza flotando sobre un océano de magma. Caminamos sobre heridas arcaicas. La corteza terrestre es un delirio. También nuestra conciencia parece suelo firme hasta que descubrimos que flota sobre un inconsciente inestable. Debajo de cada decisión, de cada amor, de cada movimiento de pánico, hay estratos antiguos, recuerdos de infancia que continúan ejerciendo presión desde una caja de acero del alma. Creemos gobernar nuestra vida cuando apenas administramos las consecuencias de movimientos profundos, telúricos, invisibles. Los terremotos vienen a decirnos que todo es provisional. La estabilidad es una cortesía del universo, no un derecho adquirido. Y cuando uno advierte que depende de placas tectónicas que no controla o de sucesos fósiles que ni siquiera recuerda, le dan a uno ganas de ser bueno.



