miércoles, 9 de septiembre de 2026

caí en la cuenta de la mala opinión que la IA tiene de nosotros. No sería raro en consecuencia que nos detestara. ¿Y qué se hace con aquello que se detesta? Ya veremos.

Una mala opinión

Acudí a una IA para averiguar si era capaz de distinguir un texto mío de otro de un robot y acabé preguntándome si no sería yo el robot

Un fotograma de la escena de la prueba Voight-Kampff en 'Blade Runner'. 
TCD/Prod.DB / Alamy Stock Photo (Alamy Stock Photo)



Me suscribí este verano a una inteligencia artificial que ofrecía, entre otras prestaciones, la de detectar textos realizados por ella misma. Para comprobar si funcionaba, le pasé algunos originales míos, sobre los que la máquina opinó en cuestión de segundos que estaban generados al 100% por una IA. Confundido ante el diagnóstico, le pregunté cómo podía errar de un modo tan impúdico. Y cobrar por ello. Respondió que mi escritura era demasiado limpia y coherente, y que estaba muy bien estructurada, además de otras virtudes que me reservo por pudor. De ahí la confusión. Me vino a la memoria entonces la prueba Voight-Kampff, de Blade Runner, en la que los sospechosos de ser replicantes eran sometidos a situaciones diseñadas para provocar respuestas de orden emocional. Entre tanto, una máquina observaba sus pupilas, su aliento, su sudoración, sus reacciones involuntarias, en fin. Lo espantoso del test era que el interrogado podía empezarlo convencido de su humanidad y terminar con dudas razonables acerca de su auténtica naturaleza.

Es un poco (o un mucho, no sé, aún no me he repuesto) lo que me sucedió a mí. Había acudido a la IA para averiguar si era capaz de distinguir un texto mío de otro generado por un robot y acabé preguntándome si no sería yo el robot. Aquellas cualidades que durante años había intentado adquirir (precisión, sentido, limpieza sintáctica, control sobre el ritmo y demás) se habían convertido de súbito en indicios de automatismo.

Solicité, pues, al robot que “humanizara” algunos de mis textos, ya que este era otro de los servicios de la aplicación de pago, y los dejó hechos una mierda al objeto de que parecieran haber salido de la cabeza de una persona como usted o como yo. ¡Qué manera de destrozarlos! Ahí es donde caí en la cuenta de la mala opinión que la IA tiene de nosotros. No sería raro en consecuencia que nos detestara. ¿Y qué se hace con aquello que se detesta? Ya veremos.

lunes, 27 de julio de 2026

La estabilidad es una cortesía del universo, no un derecho adquirido...

Ganas de ser bueno


Matias Delacroix (AP / LaPresse)


La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida, tal como la conocías, se acaba”. Así comienza El año del pensamiento mágico, el libro de memorias de Joan Didion sobre la muerte de su marido. Un segundo antes de que se moviera la tierra, en Venezuela, ¿qué hacía esta mujer? Quizá preparar una infusión. Un segundo antes, un dentista le pedía a su paciente que abriera más la boca. Una madre salía del dormitorio diciéndole a su bebé que volvía enseguida. Un camarero dejaba dos cafés sobre una mesa. Una joven se preparaba para salir de fiesta. Un piloto pedía permiso a la torre de control para despegar. Alguien buscaba las gafas que llevaba puestas…

De súbito, la tierra recordó que no es más que una costra quebradiza flotando sobre un océano de magma. Caminamos sobre heridas arcaicas. La corteza terrestre es un delirio. También nuestra conciencia parece suelo firme hasta que descubrimos que flota sobre un inconsciente inestable. Debajo de cada decisión, de cada amor, de cada movimiento de pánico, hay estratos antiguos, recuerdos de infancia que continúan ejerciendo presión desde una caja de acero del alma. Creemos gobernar nuestra vida cuando apenas administramos las consecuencias de movimientos profundos, telúricos, invisibles. Los terremotos vienen a decirnos que todo es provisional. La estabilidad es una cortesía del universo, no un derecho adquirido. Y cuando uno advierte que depende de placas tectónicas que no controla o de sucesos fósiles que ni siquiera recuerda, le dan a uno ganas de ser bueno.

domingo, 12 de julio de 2026

Parece evidente que la pureza de la raza es la causa de su decadencia.

Otro rapto de Helena

Desde el inicio de la historia ha sido necesario mezclar la sangre para la supervivencia de la tribu

Detalle del mosaico de la villa romana de Noheda (Cuenca) que representa a Helena de Troya en el momento de ser raptada por Paris.
R. G.


Entrar a saco por sorpresa en la tribu vecina y llevarse a las mujeres es un hecho que se habrá repetido innumerables veces en la prehistoria. El hombre primitivo ya sentía la necesidad de introducir sangre nueva para mantener el vigor genético de la tribu porque suponía por puro instinto que la consanguinidad endémica era causa de muchas y terribles enfermedades. Este acto, que al principio sería sumamente violento, pasó a formar parte de la mitología. El rapto de Helena lo realizó el príncipe troyano Paris, quien se llevó a la esposa del rey Menelao, desde Esparta hasta Troya, y bien se realizara el rapto con fuerza o se tratara de una fuga amorosa lo cierto es que desencadenó la famosa guerra de Troya. La fundación de Roma fue presidida por otro suceso mitológico que se conoce como el rapto de las Sabinas. Debido a la falta de mujeres Rómulo organizó una fiesta a la que invitó a todas las tribus vecinas. En el momento culminante del sarao los romanos raptaron a unas treinta mujeres de la tribu de los sabinos para convertirlas en sus esposas. A partir de los años sesenta del siglo pasado, en España se dio un fenómeno muy significativo: los jóvenes más avanzados comenzaron a emparejarse con chicas extranjeras. Era la versión moderna del rapto de Helena, del mismo modo que la bajada de las nórdicas a las playas del sur era un remedo del rapto de las nuevas sabinas, el acto fundacional de nuestra modernidad. Estaba de moda buscar sangre nueva más allá de los Pirineos hasta el punto que lo progresista era tener una novia francesa, inglesa, holandesa o alemana. Puesto que Ortega decía que la salvación de España estaba en Europa muchos intelectuales y artistas empezaron a llevar a cabo el rapto de Helena o a liarse con las sabinas. Desde el inicio de la historia ha sido necesario mezclar la sangre para la supervivencia de la tribu. Parece evidente que la pureza de la raza es la causa de su decadencia. Pero hay quien busca montar con esto otra guerra de Troya.

...el mundo ocurre en miles de planos ajenos al nuestro.

El mundo no para

Hay episodios que no significan nada y que nos dejan sin embargo la idea de haber asistido a una revelación

Un cuervo en un parque en Shanghái (China). ... CFOTO (Future Publishing via Getty Images)


Estaba tan tranquilo, sin meterme con nadie, contemplando el horizonte uno de estos miércoles infernales de julio, cuando un cuervo atravesó de izquierda a derecha, como el que escribe un texto, mi campo visual. Llevaba en el pico algo muy grande. No distinguí si se trataba de un pedazo de pan, de una raíz, o de una rata. ¿Pero a dónde vas con esa carga, camionero alado, le pregunté mentalmente?

Hay episodios que no significan nada y que nos dejan sin embargo la idea de haber asistido a una revelación. No porque nos comuniquen un mensaje, sino porque nos recuerdan que el mundo ocurre en miles de planos ajenos al nuestro. Mientras yo permanecía inmóvil, entregado a esa forma de pereza que consiste en mirar el cielo, el cuervo traspasó mi tarde con la fuerza de una estocada arrastrando consigo un enigma. Así que yo me dedicaba al recogimiento y él a vivir. Me sorprendió la desproporción entre el tamaño del ave y el del objeto. Pese a la carga, volaba con la eficacia antigua de lo no aprendido. La naturaleza está llena de trabajos invisibles. Creemos que el mundo descansa cuando nosotros cabeceamos, pero las hormigas siguen acarreando semillas, los árboles transportan savia bruta desde las raíces hasta las hojas, las nubes cambian de forma y de color, las arañas van a lo suyo con más eficacia que nosotros a lo nuestro.

Tal vez lo que me dejó pensativo, aunque sin pensamientos, fue precisamente eso: haber rozado durante un segundo una historia de la que nunca sabré nada. Entró en mi vida como el personaje secundario que cruza una escena sin pronunciar una palabra, alterando sin embargo el sentido de la secuencia. Hay una humillación extraña en aceptar que el universo no está hecho para ser entendido, sino apenas vislumbrado. A veces basta el vuelo de un cuervo con una incógnita en el pico para recordarnos que vivimos rodeados de argumentos cuya primera y última página nos han sido arrancadas.