La cumbre no es habitable
Los héroes del deporte están ahí convertidos en materia de los sueños inalcanzables de sus seguidores
Los héroes del deporte están ahí convertidos en materia de los sueños inalcanzables de sus seguidores
No me puedo sacar de la cabeza una frase de Ethan Hawke en la gala de los Oscar sobre los amores no correspondidos
Yo no creería en el amor irracional a primera vista si con 15 años no hubiese pasado noches enteras llorando a causa de un chico con el que nunca podría tener nada, lagrimones de esos que se deslizan hasta el interior del pabellón auditivo. Lo había visto en una película. Nada más. Interpretaba en ese filme a un estudiante tímido llamado Todd Anderson al que sus padres le habían enseñado que lo único importante en la vida es estudiar y cuyo sistema de prioridades se tambalea al conocer a un profesor algo prognato que le enseña que hay que aprovechar los días y extraerle todo el meollo a la vida.
En el formol de las pantallas Todd Anderson jamás envejecerá. El actor que lo encarnaba, Ethan Hawke, sí lo ha hecho: conserva todo el pelazo, que no se peina a lo taza como el pulcro estudiante de Ivy League que me obsesionaba, sino hacia atrás, ligeramente engominado. Lo mueve de forma muy sexy cuando le paran en las alfombras rojas para que haga afirmaciones contestatarias y progresistas en un momento en el que en general los grandes de Hollywood se callan como cucarachas interesadas y cobardes.
En los Oscar alguien se le acercó con un micrófono y no le preguntó por la guerra o por Trump, sino que pidió un consejo para la agonía del amor no correspondido. Él dijo una frase con resabios tagorianos que no puedo sacarme de la cabeza: “El que está enamorado siempre gana. Al sol no le importa si la hierba agradece sus rayos. Sigue brillando”. Me sentí ligeramente ofendida. ¿Tengo que dar las gracias por haber sido una púber sufriente? ¿Sentirme afortunada por todas las veces que no fui elegida ya de adulta? Luego recordé esa escena de Louie en la que un anciano reprende a Louis C. K. por no disfrutar de la tristeza tras una ruptura. “Yo pensé que esta era la parte mala del amor”. El viejo le dice: “No. La parte mala es cuando olvidas, cuando ya no sientes nada. Va a llegar, te lo aseguro, así que disfruta de tu corazón roto mientras puedas”. Igual hay que hacerle caso.
En esta tarde de lluvia con los cristales empañados, es preferible ahorrarse el veneno de la nostalgia
Llueve, contra los cristales llueve, llueve. Por este tiempo, pasada la Candelaria, debería haber despertado la savia de los árboles, las gemas deberían haber reventado en las ramas y la calandria con su canto debería habernos obsequiado con el presagio de la primavera; en cambio, la lluvia fina y oblicua que llegaba por este tiempo para fermentar el humus y provocar un deshielo luminoso se ha convertido esta vez en un azote de los dioses airados. La naturaleza ha tomado parte activa en nuestras desgracias, como si quisiera hacernos saber que está buscando un culpable. Recuerdo ahora el poema de Paul Verlaine: “Llora en mi corazón / como llueve en la ciudad / Oh, dulce sonido de la lluvia / en la tierra y en los tejados. / Es la peor pena no saber por qué / sin amor y sin odio / mi corazón tiene tanto dolor”. En esta tarde de lluvia con los cristales empañados podrán sonar aquellas melodías que un día te hicieron feliz; pero es preferible ahorrarse el veneno de la nostalgia y pensar que la primavera es un horizonte de combate que uno debe conquistar. Ya verás, todo irá bien, todo será como siempre ha sido, saldrá el sol, los ríos volverán a su cauce, una brisa sosegada agitará los perfumados álamos que guardan la ribera, los insectos celebrarán el cortejo nupcial antes de aparearse, terminará el temporal y los delfines seguirán saltando e incluso puede suceder que los políticos de bandos contrarios dejen a un lado la quijada de asno que usaba Caín y se den la mano como adversarios y no como enemigos y para conmemorar semejante suceso las ranas alegres darán un concierto en las charcas. Frente a la naturaleza con sus aguas desatadas, será bueno soñar en legítima defensa que pronto se oirá el zumbido de un dorado moscardón que liba las glicinias y llegarán los gritos de los niños desde el recreo del patio de un colegio que podrían confundirse con el de los pájaros que por ese tiempo estarán construyendo sus nidos. Todo será como antes si uno lleva la primavera en el corazón.