ARTÍCULOS
jueves, 23 de abril de 2026
martes, 24 de marzo de 2026
sobre los amores no correspondidos...
Gracias por hacerme polvo
No me puedo sacar de la cabeza una frase de Ethan Hawke en la gala de los Oscar sobre los amores no correspondidos
Yo no creería en el amor irracional a primera vista si con 15 años no hubiese pasado noches enteras llorando a causa de un chico con el que nunca podría tener nada, lagrimones de esos que se deslizan hasta el interior del pabellón auditivo. Lo había visto en una película. Nada más. Interpretaba en ese filme a un estudiante tímido llamado Todd Anderson al que sus padres le habían enseñado que lo único importante en la vida es estudiar y cuyo sistema de prioridades se tambalea al conocer a un profesor algo prognato que le enseña que hay que aprovechar los días y extraerle todo el meollo a la vida.
En el formol de las pantallas Todd Anderson jamás envejecerá. El actor que lo encarnaba, Ethan Hawke, sí lo ha hecho: conserva todo el pelazo, que no se peina a lo taza como el pulcro estudiante de Ivy League que me obsesionaba, sino hacia atrás, ligeramente engominado. Lo mueve de forma muy sexy cuando le paran en las alfombras rojas para que haga afirmaciones contestatarias y progresistas en un momento en el que en general los grandes de Hollywood se callan como cucarachas interesadas y cobardes.
En los Oscar alguien se le acercó con un micrófono y no le preguntó por la guerra o por Trump, sino que pidió un consejo para la agonía del amor no correspondido. Él dijo una frase con resabios tagorianos que no puedo sacarme de la cabeza: “El que está enamorado siempre gana. Al sol no le importa si la hierba agradece sus rayos. Sigue brillando”. Me sentí ligeramente ofendida. ¿Tengo que dar las gracias por haber sido una púber sufriente? ¿Sentirme afortunada por todas las veces que no fui elegida ya de adulta? Luego recordé esa escena de Louie en la que un anciano reprende a Louis C. K. por no disfrutar de la tristeza tras una ruptura. “Yo pensé que esta era la parte mala del amor”. El viejo le dice: “No. La parte mala es cuando olvidas, cuando ya no sientes nada. Va a llegar, te lo aseguro, así que disfruta de tu corazón roto mientras puedas”. Igual hay que hacerle caso.
domingo, 8 de febrero de 2026
Llueve, contra los cristales llueve, llueve.
La primavera en el corazón
En esta tarde de lluvia con los cristales empañados, es preferible ahorrarse el veneno de la nostalgia
Llueve, contra los cristales llueve, llueve. Por este tiempo, pasada la Candelaria, debería haber despertado la savia de los árboles, las gemas deberían haber reventado en las ramas y la calandria con su canto debería habernos obsequiado con el presagio de la primavera; en cambio, la lluvia fina y oblicua que llegaba por este tiempo para fermentar el humus y provocar un deshielo luminoso se ha convertido esta vez en un azote de los dioses airados. La naturaleza ha tomado parte activa en nuestras desgracias, como si quisiera hacernos saber que está buscando un culpable. Recuerdo ahora el poema de Paul Verlaine: “Llora en mi corazón / como llueve en la ciudad / Oh, dulce sonido de la lluvia / en la tierra y en los tejados. / Es la peor pena no saber por qué / sin amor y sin odio / mi corazón tiene tanto dolor”. En esta tarde de lluvia con los cristales empañados podrán sonar aquellas melodías que un día te hicieron feliz; pero es preferible ahorrarse el veneno de la nostalgia y pensar que la primavera es un horizonte de combate que uno debe conquistar. Ya verás, todo irá bien, todo será como siempre ha sido, saldrá el sol, los ríos volverán a su cauce, una brisa sosegada agitará los perfumados álamos que guardan la ribera, los insectos celebrarán el cortejo nupcial antes de aparearse, terminará el temporal y los delfines seguirán saltando e incluso puede suceder que los políticos de bandos contrarios dejen a un lado la quijada de asno que usaba Caín y se den la mano como adversarios y no como enemigos y para conmemorar semejante suceso las ranas alegres darán un concierto en las charcas. Frente a la naturaleza con sus aguas desatadas, será bueno soñar en legítima defensa que pronto se oirá el zumbido de un dorado moscardón que liba las glicinias y llegarán los gritos de los niños desde el recreo del patio de un colegio que podrían confundirse con el de los pájaros que por ese tiempo estarán construyendo sus nidos. Todo será como antes si uno lleva la primavera en el corazón.
domingo, 18 de enero de 2026
La montaña de la divinidad se ha elevado de nuevo en el horizonte.
¡Dios a la vista!
Hay que saber de qué Dios estamos hablando antes de que todos los rockeros se vuelvan místicos y a las adolescentes les dé por meterse en un convento
En noviembre de 1926 Ortega y Gasset publicó un artículo titulado Dios a la vista, en el que decía que en la órbita de la tierra existen periodos de máxima aproximación al Sol y otros de máximo alejamiento. En su opinión sucede lo mismo en la órbita de la historia en que unas veces se levanta Dios como una montaña en el horizonte y otras la divinidad desaparece. Puede que ahora en medio de la convulsa navegación planetaria en que vivimos alguien desde la cofa del barco ha gritado: ¡Dios a la vista!. Resulta que el emperador ha dado una patada al tablero del parchís porque le pasa por ahí jugar a la oca y ante los clamores de guerra total, con todas las fichas del viejo orden internacional por los suelos, parece que se ha puesto de moda refugiarse en cierto misticismo como la última asa a la que agarrarse antes de caer en el vacío. La montaña de la divinidad se ha elevado de nuevo en el horizonte. Pero se trata de saber de qué Dios estamos hablando antes de que todos los rockeros se vuelvan místicos y a las adolescentes les dé por meterse en un convento, como recomendaba Hamlet a Ofelia, su novia. Zeus vive en el Olimpo y Jehová habita en la cumbre del Sinaí; pero, sin duda, al este del Edén existen dioses más mano, que te facilitarán las cosas si quieres ser un místico. No deja de ser una conquista del espíritu navegar ese dios azul que es el mar y asumir todos los sonidos que produce el silencio, el viento en las velas, el oleaje contra las amuras del barco y una canción griega de Nana Mouskouri o de George Moustaki que se lleva la brisa. Puede que la espiritualidad consista en alcanzar aquel valle de la Marina cuando los cerezos están en flor, o quedarse dormido en la hamaca bajo el sol de mediodía con las gafas caídas en la punta de la nariz y los versos de John Keats en el regazo, oír en sueños el grito de ¡Dios a la vista!, despertar y descubrir que ese dios es el camarero que trae el aperitivo, un queso de cabra acompañado con una copa de vino del Rin.
--------



