viernes, 8 de mayo de 2026

Tal vez todos seamos no un yo roto, sino una multitud mal avenida de yoes...

La hora postrera

Me pregunto si todos los yoes que soy fallecerán de golpe, como en un apagón global, o según algún orden

Un espejo roto. WIN-Initiative/Neleman (Getty Images)


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El caso es que, si lo pienso, no he disfrutado nunca de un yo estable. Digamos que he fabricado uno para cada situación. Erijo yoes a cien por hora. Mi yo es un fijo discontinuo, un eventual, un becario sin sueldo, un falso autónomo… Cuando pienso en mi vida, veo un archipiélago de yoes que no se comunican entre sí. Un yo fragmentado, si lo prefieren, hecho pedazos como un espejo roto en mil pedazos. Estoy en todos esos trozos del espejo y en ninguno. Por eso necesito tanto amor, porque el amor funciona a modo de aglomerante de esa naturaleza atomizada. Está el yo que come, el yo que duerme, el yo que mea (con dificultades, por una próstata insurrecta), el yo que va al cine, el que sale del cine, el que lee y deslee, el que es padre, el que fue hijo… Ya no soy hijo porque mis padres murieron, así que dispongo también de un yo huérfano, que vive en la cafetería del tanatorio, y al que acompaño en el sentimiento.

Cuando entro en una farmacia, aparece un yo particular que pronuncia con precisión los nombres de los medicamentos y asiente, sumiso, a cuanto le dice el farmacéutico (o la farmacéutica, puto genérico con discapacidad). En cambio, en una librería me sale un yo más insolente, un yo con un complejo de inferioridad que la insolencia trata de ocultar. El yo de la farmacia ignora al de la librería del mismo modo que el de los funerales ignora al de las bodas.

Me pregunto si todos esos yoes fallecerán de golpe, como en un apagón global, o atendiendo a alguna clase de orden. ¿A cuál de ellos le tocará hacerse cargo de mi último suspiro? Dispongo yoes discretos que apenas han tenido ocasión de manifestarse. Quizá en esa hora postrera pidan el protagonismo que se les ha negado en vida. Tal vez todos seamos no un yo roto, sino una multitud mal avenida de yoes que, de vez en cuando, logran firmar un convenio de colaboración. Y a ese acuerdo provisional es a lo llamamos, con cierta soberbia, identidad.

domingo, 3 de mayo de 2026

...Los héroes, como Aquiles, también son mortales.

 

La cumbre no es habitable

Los héroes del deporte están ahí convertidos en materia de los sueños inalcanzables de sus seguidores

Ilustración de Fernando Vicente.


Se llama talón de Aquiles a esa parte vulnerable del cuerpo de los héroes que se halla a merced del capricho de los dioses. Piensa en esos deportistas de élite que ponen en extrema tensión todos sus huesos, músculos, tendones y cartílagos al servicio de la gloria y sufren una caída desde lo más alto. Según la mitología griega la diosa Tetis sumergió a su hijo Aquiles en la laguna Estigia cuyas aguas conferían la inmortalidad por el simple hecho de sumergirse en ellas, pero tuvo que hacerlo sujetándolo por el talón. Fue esa pequeña parte del cuerpo, la que, al quedar exenta, se convirtió en su punto débil que lo hizo mortal. Durante la guerra de Troya, guiado por Apolo, aprovechó Paris para lanzarle un dardo al talón y causarle la muerte. En medio de la vida anodina que nos rodea, siempre a la espera de la desgracia que nos pueda deparar el futuro, los héroes del deporte están ahí convertidos en materia de los sueños inalcanzables de sus seguidores. El hincha adopta como propias las victorias y derrotas de su ídolo al que ha transferido una parte de su yo hasta el punto de formar con él una unión hipostática. Sus éxitos le harán feliz y con sus fracasos se sentirá profundamente desgraciado. Existe todavía un grado de belleza al que agarrarse si uno deja de mirar las poltronas de los palcos de honor y observa lo que sucede en las canchas, en las pistas, en los circuitos, en la pared norte de los picos de las cordilleras donde los héroes modernos alcanzan con sus cuerpos ese punto inasequible de la gloria. Pero la gloria tiene un límite. Aunque tu héroe pueda coronar con éxito la cima más alta le será imposible vivir en ella. Las cumbres no son habitables. Ningún héroe puede levantar allí su morada. Llega el momento en que los dioses exigen un tributo en forma de lesión de muñeca, de rotura del menisco, de desgarro muscular, o simplemente basta con el escarnio que el tiempo produce en los cuerpos para que estos héroes recuerden, como Aquiles, que también son mortales.

martes, 24 de marzo de 2026

sobre los amores no correspondidos...

Gracias por hacerme polvo

No me puedo sacar de la cabeza una frase de Ethan Hawke en la gala de los Oscar sobre los amores no correspondidos

Ethan Hawke, como Todd Anderson en 'El Club de los Poetas Muertos' (Peter Weir, 1989).


Yo no creería en el amor irracional a primera vista si con 15 años no hubiese pasado noches enteras llorando a causa de un chico con el que nunca podría tener nada, lagrimones de esos que se deslizan hasta el interior del pabellón auditivo. Lo había visto en una película. Nada más. Interpretaba en ese filme a un estudiante tímido llamado Todd Anderson al que sus padres le habían enseñado que lo único importante en la vida es estudiar y cuyo sistema de prioridades se tambalea al conocer a un profesor algo prognato que le enseña que hay que aprovechar los días y extraerle todo el meollo a la vida.

En el formol de las pantallas Todd Anderson jamás envejecerá. El actor que lo encarnaba, Ethan Hawke, sí lo ha hecho: conserva todo el pelazo, que no se peina a lo taza como el pulcro estudiante de Ivy League que me obsesionaba, sino hacia atrás, ligeramente engominado. Lo mueve de forma muy sexy cuando le paran en las alfombras rojas para que haga afirmaciones contestatarias y progresistas en un momento en el que en general los grandes de Hollywood se callan como cucarachas interesadas y cobardes.

En los Oscar alguien se le acercó con un micrófono y no le preguntó por la guerra o por Trump, sino que pidió un consejo para la agonía del amor no correspondido. Él dijo una frase con resabios tagorianos que no puedo sacarme de la cabeza: “El que está enamorado siempre gana. Al sol no le importa si la hierba agradece sus rayos. Sigue brillando”. Me sentí ligeramente ofendida. ¿Tengo que dar las gracias por haber sido una púber sufriente? ¿Sentirme afortunada por todas las veces que no fui elegida ya de adulta? Luego recordé esa escena de Louie en la que un anciano reprende a Louis C. K. por no disfrutar de la tristeza tras una ruptura. “Yo pensé que esta era la parte mala del amor”. El viejo le dice: “No. La parte mala es cuando olvidas, cuando ya no sientes nada. Va a llegar, te lo aseguro, así que disfruta de tu corazón roto mientras puedas”. Igual hay que hacerle caso.