Otoño, al rescate
Sin darte cuenta será de noche y oirás la lluvia fina, persistente en los cristales
Cuando hace años estaba de moda volver de las vacaciones con el rostro muy bronceado, los primeros días de septiembre los veraneantes se limitaban a lucirlo en las fiestas, en las terrazas, en las primeras reuniones con los amigos reencontrados. En aquel tiempo el sol no era todavía un enemigo declarado de nuestro cuerpo. El bronceado daba constancia de los días felices pasados en la costa bajo el sol del verano y según en qué playa se hubiera obtenido, marcaba un signo de distinción. El bronceado marbellí era a mi juicio demasiado torrefacto y no tenía la fineza del que procedía de la Costa Brava, Menorca, Santander o La Toja. Hacia mitad de septiembre la piel tomaba un tono verdoso y cuando ese color desagradable se instalaba por completo en los rostros podía decirse que el verano había terminado. Como los anteriores este también ha sido un verano apestoso, de una crueldad extrema con olas encadenadas de calor asfixiante. Las playas abarrotadas de carne humana puesta a asar y las sucesivas oleadas de las masas turísticas que invadían todos los espacios como en una huida ciega hacia ninguna parte producían una sensación apocalíptica. Por fortuna, el otoño suele venir al rescate. Después de los violentos aguaceros comienzan a alargarse las sombras, hay leña en los cobertizos, humean las chimeneas en los tejados, el mosto de la vendimia brota en los lagares y el humus fermentado ablanda nuestros pasos por el bosque en busca de setas. El otoño llega para salvarnos con los delicados matices de su luz de moscatel; los amarillos, rojos, morados, violetas que llenan el paisaje son los mismos que se posaron en la paleta de Klimt, de Van Gogh, de Monet, de Renoir cuyos colores se instalan como uno de sus cuadros en la ventana. Y sin darte cuenta ya es de noche y oyes la lluvia fina, persistente en los cristales, que dará paso a una mañanita de niebla dorada por un sol muy amable. Bandadas de garzas cruzan el cielo hacia el sur y en los valles suena la berrea de los ciervos.

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